viernes, 15 de julio de 2016

Taller de oración Tercero



Taller de oración tercero: Vacío interior y encuentro

Una de las grandes preocupaciones de las personas que quieren avanzar en el camino de la oración es la concentración. En estos tiempos de prisas, ruidos, ajetreos, nos cuesta hacer oración, y sobre todo sentimos dificultad para hacer ese silencio interior donde Dios tiene grandes deseos de estar con nosotros.

En este número os proponemos un ejercicio de vacío interior, esencial para disponer todo nuestro ser para la oración y alcanzar un vacío interior. 


Muchas de nuestras tensiones son nerviosas, localizadas en los diferentes campos del organismo. La mente (el cerebro) las produce, pero se siente en cualquier parte de nuestro cuerpo. Si logramos parar la mente, aquellas cargas energéticas desaparecen y la persona se siente descansada, sosegada y en paz. Se trata de un ejercicio de relajamiento y de control mental.

En primer lugar tomamos una postura adecuada, cómoda. Nos sentimos como si la cabeza estuviera vacía. Experimentamos que en todo nuestro ser no hay nada (pensamientos, imágenes, emociones…), páralo todo. Te ayudará a conseguir esto el ir repitiendo suavemente nada, nada, nada…
Haz esto durante unos treinta segundos. Luego descansa un poco. Después vuelve a repetirlo. Y así, practícalo unas treinta veces.
Después de practicar bastante, tienes que sentir que no solamente la cabeza, sino también el cuerpo, todo está vacío, sin corrientes nerviosas, sin tensiones. Sentirás bastante alivio y calma.

         Después cierra los ojos, imagínate estar ante una inmensa pantalla blaca, o un campo nevado, muy nevado, donde apenas hay figuras. Con esto tu mente queda en blanco, sin imágenes, sin pensamientos.  Después abre los ojos y descansa un poco. 



         Vuelve a cerrar los ojos, imagina estar ante una pantalla oscura. Permanece en paz. Tu mente quedará a oscuras sin pensar ni imaginar nada, también durante unos treinta segundos o más. Abre los ojos y descansa un poco. Si ves que te interrumpen las distracciones, no te preocupes, vuelve a empezar de nuevo tranquilamente, sin agobio. No olvides aquella frase de san Agustín: “Si tu deseo es oración, ya estás haciendo oración”.

         Después, con gran tranquilidad empieza a decir: ¡Señor, Señor!, y quédate con la atención paralizada y fija en el Seño durante unos quince segundos. Repítelo varias veces.
         Con gran serenidad, di en voz suave la palabra paz. Y quédate durante unos quince segundos en completa inmovilidad interior. Te sentirás inundado de paz.

         El control directo se te escapará muchas veces, las facultades intentarán recobrar su independencia y también las imágenes tratarán de perturbar la quietud. No te asustes ni tengas impaciencia. Ten calma y paz. Poco a poco te irás acostumbrando a realizar los ejercicios de relajación y a llenar tu mente y tu corazón de Dios.

         La oración no requiere de muchos discursos ni de muchos caminos lógicos. La oración requiere amor. A través de este ejercicio, te irás llenando de la paz que produce el encuentro con Dios. Un encuentro que es capaz de llenar todas nuestras más profundas aspiraciones y elevarnos a realidades cada vez más elevadas y místicas. La oración es un don de Dios, y como tal, es un regalo. Siempre que pidamos a Dios ese don, El nos lo concede, porque desea que todos sus hijos nos encontremos con él y le amemos cada vez más. Déjate llenar de ese amor de Dios y disfruta de la presencia de Dios.

         La mayor tentación puede ser sentir la incapacidad de llevar a cabo un camino de oración. No decaigas, no te desanimes, ten paciencia y espera. Dios saldrá a tu encuentro cuando menos lo pienses. Persevera y sé fiel. Haz que la oración empiece a ser importante, muy importante en tu vida. Que cobre un gran interés, que no sea una realidad circunstancial o añadida. Sin la oración nuestra fe se debilita. Necesitamos orar para entrar en contacto con el Señor que tanto nos ama.

Taller de oración Segundo



Taller segundo: Entrar en oración.

Para entrar en oración, es importante que toda nuestra persona se sienta referida a Dios desde la confianza en El. La fe acompaña todo el tiempo dedicado a permanecer en el Señor, a descansar junto a El. Y más de uno de nuestros amigos lectores se preguntará: ¿Y cómo orar?. Tantas veces lo he intentado, y tantas veces también lo he abandonado por falta de resultados. Hay que tener clara una cosa: los resultados no son fruto de un esfuerzo sino de una gracia de Dios, pero también es cierto que El se acerca a quienes le buscan en la oración. 



         Hay muchas maneras o formas de hacer oración: con la Palabra (la lectio divina), orar ante una imagen, orar ante un paisaje, orar en la celebración litúrgica… Varios camino para una misma finalidad, como diría Santa Teresa: “La oración es tratar de amistad con quien sabemos que nos ama”, o como dice san Agustín: “Poned todo nuestro afecto en Dios”.

         A lo largos de estos “senderos de oración”, trataremos de ir descubriendo diversas maneras para una única finalidad: el amor de Dios.
         Vamos a ofrecer hoy un camino de oración: Orar desde nosotros mismos, orar desde nuestra vida. Es un muy sencillo  y tal vez ensanche profundamente nuestro corazón hacia Dios.

         Nos colocamos ante su presencia desde la fe, trayendo a nuestra mente y a nuestro corazón su amor. Sabemos que El nos contempla, nos mira, nos ama. Bendito seas, oh Dios, que amas y contemplas la vida de este siervo tuyo. Bendito seas porque vives en mí, entra dentro de mí con la presencia de tu Santo Espíritu para que te ame. Pido perdón de todos mis pecados, pues ellos impiden que tú te hagas fuerte en mí.



         Nuestras faltas, reconocidas ante El, expresan la acción misericordiosa del Señor sobre la vida del creyente, nos hacen vibrar de confianza porque sólo él  puede perdonar nuestros pecados y restaurarnos la vida. Dios salvador, misericordioso pasa por nuestras vidas, si somos capaces de depositar  toda nuestra confianza, toda nuestra vida como es, sin máscaras ni tapujos. Nuestra vida sencilla, a veces pecadora, pobre, herida, es amada por Dios, porque hemos sido creados para El.

         El quiere sanar las heridas de nuestro corazón, y quiere restaurar en nosotros el amor perdido. Este camino de abrir nuestra vida a Dios, nos introduce en el misterio de su amor y se convierte en diálogo amoroso con El. Y estamos haciendo oración.  La oración no consiste en sentir, sino en creer, aunque también como dice Santa Teresa: “es bueno sentir el afecto de Dios”.  Una oración que libera y que expresa confianza en el Dios a quien buscamos y a quien amamos. Una oración que hace que aceptemos e incluso amemos nuestra vida como es, ya que Dios la ama. “No busques otra tierra para sembrar, Dios quiere sembrar en ti lo que ama en ti” (San Agustín).

         La persona, al realizar este camino, experimenta una gran confianza en Dios. Se siente liberada y llena, muy llena de amor, a pesar que se vea débil y pobre. Descubrimos lo mucho que nos ama Dios y lo grande que es su ternura y confianza en nosotros. Descubrimos también la sencillez de la oración, ya que el paso de Dios siempre transcurre en nuestra historia, una historia que es amada por Dios y en la medida que Dios la ama, es amada por mí.

         Una tentación grande, al realizar este camino de oración, puede ser la tristeza y angustia que puede sentir la persona al volver sobre su vida, y sobre tantas y tantas escenas desagradables y no queridas o asumidas. Hay que ser valiente y dejar a Dios que sea Dios en nosotros. Hay que superar desde el amor lo que tal vez hemos sembrado desde el pecado. Dios quiere sanarnos, redimirnos, consolarnos, ayudarnos. Dios quiere tanto bien y tanto amor para nosotros que no se lo podemos impedir. Vayamos seguros en oración con El, porque sabemos que es Padre bueno que nos ama infinitamente y quiere lo mejor para nosotros. Que podamos decir, al concluir la oración, lo mismo que dijo el Anciano Simeón: “Ahora, Señor , puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador”.  Que el Señor sea bendecido en cada uno de nosotros y en nuestras vidas.

Taller de oración primero



Taller primero: Disposiciones para la  oración. 



Para orar, para entrar en contacto con Dios, es necesario hacer silencio interior y exterior. Dios habita en el silencio, así escuchamos mejor su voz. El silencio exterior se consigue tratando de asilarnos de un ruido excesivo que impida la concentración. Es importante buscar un lugar para la oración: una habitación aislada del ruido, una iglesia o capilla, un parque o jardines, la naturaleza…El silencio exterior y la dificultad para encontrarlo no debe ser un impedimento para la oración ni tampoco una excusa. Santa Teresa decía “qué flaca está el alma cuando encuentra holganzas para hacer oración”.

         El silencio exterior tal vez sea más difícil encontrarlo. Es necesario apartar a un lado nuestros recuerdos, preocupaciones, inquietudes, distracciones. Pensemos que mientras hacemos oración nada ni nadie va a depender de nosotros, el mundo va a seguir su curso tranquilamente, nuestros problemas no van a encontrar solución por unos minutos dedicados a Dios. Es importante silenciar todo lo que nos viene a la mente, no pasa nada, la vida sigue y nosotros nos disponemos a tratar con Dios “con todo el afecto del corazón “ (San Agustín).

En tercer lugar, y tal vez esto revista menos importancia, nos preocupamos del lugar físico. Cualquier espacio es bueno, siempre que nos ayude desde el silencio y la quietud. Si hacemos oración en casa, nos puede ayudar la presencia de una imagen de Cristo, de la Virgen María o de algún santo. También una vela o dos encendidas trata de expresar que toda nuestra vida se eleva a Dios y en él se contiene para siempre. Quemar unos granos de incienso también es un buen signo externo para ayudar a la oración. La Biblia, abierta, y colocada en un lugar preferente, nos indica un  camino para encontrarnos con El: “En su Palabra siempre lo encontramos vivo” (san Agustín).



En cuarto lugar, ya dispuestos para hacer oración, y tomando un tiempo (no inferior a 20 minutos), nos abrimos ante la presencia de Dios. Ser conscientes que Dios habita en nosotros a través dela fe, está en nosotros y nos abrimos ante su presencia. Nos puede ayudar la siguiente oración:

Oh Dios, Señor Dios mío, aquí me tienes dispuesto a estar junto a ti y buscar tu presencia. Purifica todo mi ser, perdona todos mis pecados,  haz que te busque con un corazón sincero. Te alabo y te bendigo, Señor porque me amas, y ese amor es grande, muy grande en mí. Señor, sé que amas y quiero sentirte desde la fe, sentir su presencia rica en misericordia. Aquí me tienes para que dialoguemos juntos, para que hablemos de amor y de amistad. Quiero tener un corazón apasionado por ti. Ven a mí, Señor, que tu santo Espíritu descienda sobre mí. Te necesito tanto, Señor. Te alabo y te bendigo por toda tu persona.

         Comencemos sin miedo a entrar en oración. En los próximo números seguiremos dando pasos para crecer en oración y en interioridad, algo tan nuestro tan agustiniano. Que Dios nos haga crecer en su amor.

jueves, 2 de junio de 2016

EL CAMINO DE LA ORACIÓN AGUSTINIANA






A la hora de presentar qué es la oración, san Agustín parte de una noción muy sencilla: orar es hablar, dialogar con Dios tu oración es un diálogo con Dios; cuando lees las Escrituras Dios te habla; cuando rezas, tú hablas a Dios (En in ps 85,7). Es una comunicación, pues, que se establece con Dios a través de la Escritura, la palabra, medio privilegiado para comunicar el pensamiento y la voluntad propia.
Este diálogo tiene como punto de partida la fe; éste es un vehículo necesario, sin el cual es imposible la oración. San Agustín explica este elemento recurriendo constantemente a un texto paulino, Rm 10,13-14: Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará –Jl 3,5-. Pero, ¿cómo invocarán a aquél en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?
Desde la fe, fundamental para entrar en contacto con Dios, San Agustín nos propone un camino muy sencillo para entrar en diálogo, en oración con el Señor. Dicho camino tiene cuatro pasos o fases.
El primero es  la interioridad, camino que el Santo nos propone para avanzar seguros en oración: "No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo: en el hombre interior mora la verdad" (Vera. rel. 39,72). Este sería el primer paso: No quieras derramarte fuera. Es la mística del desapego, de la liberación de tus dependencias, de poner la razón de tu vivir en los valores externos, de ser un puro eco de los estímulos que te impactan, del hecho de que sea la vida la que te vive a ti, en lugar de ser tú quien vives la vida.
La vida, el mundo, las cosas…Yo mismo… mi mente, mis recuerdos, mis miedos, mis inconsciencias… todo hace que mi vida  se encuentre dispersa. El desapego de las cosas… El desapego de mi imagen, mi historia, para hacerla historia de Dios.

El segundo paso es importante, es la clave de la interioridad agustiniana: Entra dentro de ti mismo. Busca tu propia consistencia y liberación internas; sé tú mismo. Trata de entenderte por dentro porque es dentro de ti donde se encuentra tu verdad y la Verdad que es Cristo. Descubre lo que hay en ti. Incluyo aquello que no quieres de ti. Amate a ti mismo, quiérete como eres, acepta tu historia, acepta tus errores, acepta tu pasado…Todo es historia de Dios en ti…Dios se revela en tu historia.
Esta clave abrió la mente y el corazón de san Agustín para descubrir el grana mor de Dios en su vida, a pesar de sus errores y de sus flaquezas. En este año de la misericordia que celebramos, estamos invitados a experimentar la dulzura y la misericordia infinita de Dios que pasa por nuestra vida a través de su amor.

El tercer paso significa la total apertura a  Dios: Trasciéndete a ti mismo. En ti vas a encontrar de todo: luces y sombras, valores y arbitrariedades, convicciones y contradicciones, deseos nobles y sentimientos mezquinos: "Todo el que dirige su mirada a su interior, se ve pecador" (lo. evo tr. 33,5).
Remóntate, entonces, a lo que hay de más noble y elevado en ti mismo. Y desde ahí, a la fuente de donde procede cuanto de bueno, verdadero y valioso hay en ti. Alcanzarás a Dios, y en Dios te reencontrarás a ti mismo y el verdadero valor y significado de lo demás y los demás.
El cuarto paso es lo que llamamos la contemplación agustiniana: Vive ahora toda la realidad que te rodea desde tu interioridad. Algo tan sencillo como ver en todas las cosas la presencia de Dios. Cuando queremos de verdad tomarnos en serio la vida de oración, el gran objetivo que deseamos alcanzar es precisamente éste: Ver el rostro de Dios en todas las cosas. A esto nos invita san Agustín, a disfrutar de esta verdadera alegría del Espíritu y gemido del corazón.
   El camino de la interioridad agustiniana,  no es para entrar y quedarse en ella, sino para salir nuevamente a las realidades externas, a nuestras relaciones y compromisos, con una mirada nueva y un corazón nuevo. Mirar todas las realidades con los ojos de Cristo y mirar al hermano con el amor de Cristo y amarle desde una realidad nueva. “Este es el mandamiento nuevo: amar al hermano como Cristo le ama y contempla” (S. 192,3).